(Verdes Valles, Colinas Rojas 01) La Tierra Convulsa by Ramiro Pinilla

(Verdes Valles, Colinas Rojas 01) La Tierra Convulsa by Ramiro Pinilla

Author:Ramiro Pinilla
Language: es
Format: mobi
Published: 2011-07-11T22:00:00+00:00


Josafat Baskardo

25 de noviembre de 1904

Martxel se fue muy lejos de Euskadi y ama no me dejó ir con él. Ya no la llamo Ama, y ella lo sabe. Desde hace siete meses no hace más que preguntarme con voz de bruja: «¿Qué te pasa, Jaso?». Se merece que a todas horas le eche en cara sus traiciones. «Nunca me he sentido tan sola», me dice y me dice desde todos los rincones de la casa. Pero callo, sólo la miro, y ella me pregunta: «¿Qué te pasa, Jaso?». Y ocurre que hoy me lo recuerda, como si quisiera vengarse de mí de alguna forma:

—Él, el Maestro, también me abandonó. Hoy se cumple el primer aniversario de su muerte. ¿Ya lo oyes, Jaso?

Veo repugnantes lágrimas en sus ojos. Pretende cogerme las manos, pero yo retrocedo un paso.

—¡Déjame en paz, ama! —le digo.

—No creas que no me doy cuenta de que ya eres un hombre, Jaso —me dice—. Pero una madre tiene derecho a soñar que su hijo pequeño sigue siendo su niño. Al menos, esta ilusión ha de concederme el destino. ¿Cómo he permitido que te hagas hombre, Jaso? —Viene hacia mí y sus manos extendidas buscan las mías. ¡Atrás, bruja!—. Sé que a los hombres no os gustan las zalamerías, sobre todo viniendo de vuestra madre. ¡Antes era todo tan bonito! ¿Qué te pasa, Jaso? ¿Acaso no sigo siendo tu madre? ¿Qué te pasa, Jaso? ¿Por qué me miras así? ¿Qué te ocurre últimamente?

Quiero que lea en mis ojos que ya no me importa que haya muerto Sabino Arana, y estoy seguro de que me lo lee, pero la muy bruja hace como que no, y es porque si admite que me lo lee tendría que admitir también sus innombrables traiciones a Martxel y a mí.

—Hablemos, Jaso, hablemos —me dice—. Quiero saber por qué mi hijo me huye... Pero, mi pequeño Jaso, ¿verdad que no es así, que son imaginaciones mías? Dime que soy una tonta. Háblame, Jaso...

—El cielo ha empezado a enviarnos señales —digo.

—No sé de qué me hablas, pero sigue, no te calles —dice ella.

—Ayer brotó de la cumbre del Serantes una columna de fuego —digo.

—¡Qué cosas se te ocurren! —dice, avanzando de nuevo hacia mí. Le doy la espalda y empiezo a subir las escaleras. Me sigue.

—Hace una semana se vio un rebaño de ballenas en el Abra y se tragaron ocho botes con hombres y todo —digo.

—¡Qué gracia, Jaso, qué buen humor tienes! —dice ella—. También tu hermana está contenta... ¿No la oyes cantar? Ballenas aquí..., ¡qué ocurrencia!

—El martes no pudieron enterrar a tres muertos porque ellos se negaron a que los dejaran sobre aquel suelo de peña —digo.

—¿Quiénes son ellos? —dice ama.

—Los tres muertos. Es que luego no podrían abrir en la peña el túnel hasta la mar —digo.

—¡Qué tontería! —dice ama.

—¡Pues tú nos lo contaste a Martxel y a mí cuando aún te creíamos! —digo.

Me he vuelto para gritarle y ella se ha parado. Pero cuando de nuevo quiere acercarse y me dice: «¿Qué te pasa, Jaso?», le doy la espalda y sigo subiendo las escaleras, con ella detrás.



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